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lunes, 18 de abril de 2011

Un romance por entregas. Pastora de nuevo en los escenarios

El matrimonio está, definitivamente roto y Pastora, tras prepararse escrupulosamente, escenificará su reaparición entre su más fervoroso público, el sevillano. Ni que decir tiene que su debut levantará una tremenda oleada de expectación y morbo. Este es el ambiente que refleja la prensa.
Pastora Imperio debuta.
Sevilla. 
El día 20 debutará en el Salón Imperial la famosa Pastora Imperio, esposa del torero el Gallo.
Se asegura que desde que se separó de su marido se ha dedicado a estudiar un nuevo repertorio y a diario ha estado ensayando con un reputado maestro de baile.
Heraldo de Madrid y La Época, 8 de marzo de 1912

La reaparición de Pastora Imperio.- Precauciones para evitar alborotos
La Empresa del Salón Imperial anuncia la reaparición de Pastora Imperio para mañana.
A pesar de lo elevado del precio de las localidades, casi todas están ya agotadas. Se han tomado precauciones para evitar alborotos.
La Correspondencia Militar, 21 de marzo de 1912 y El País, 22 de marzo de 1912.

La Imperio
Mañana reaparecerá ante el público de Sevilla Pastora Imperio, la célebre bailarina, mujer del Gallo.
En cuanto fijáronse los carteles del cine Imperial donde trabajará la Pastora— agotáronse las localidades, pagando el público por ellas triple de su valor.
Muchos de los admiradores de la bailarina han adquirido ya localidades para el domingo.
Este acontecimiento romántico-bailarín es la comidilla de los desocupados.
El Heraldo de Madrid, 21 de marzo de 1912.

La Pastora amenazada
La presentación de Pastora Imperio se aguarda con una curiosidad grandísima.
Sospechase que la reaparición de la famosa bailarina será accidentada, pues viene diciéndose desde hace días, que los incondicionales de su esposo el Gallito, preparan una manifestación de protesta.
Heraldo de Madrid, 22 de marzo de 1912.
El ejemplar del día 31 anuncia el debut de Pastora en el Romea madrileño para el 8 de abril y aclara que solo actuará cinco días por tener que cumplir algunos de los muchos contratos que tiene ya firmados. El Eco Artístico del 15 y 25 de marzo insertan carteles de propaganda calificándolo de “sensacional debut”.
La Correspondencia, como siempre, da cumplida cuenta de todos los pormenores y una completa descripción de la esperada actuación en la que Pastora utiliza sabiamente las coplas para apoyar su papel de víctima.
ANOCHE EN SEVILLA
Debut de Pastora Imperio
Noticias preliminares.
SEVILLA. Pastora Imperio ha debutado esta noche, y su debut ha constituido, por muchas razones, un acontecimiento.
Hace muchos días que las gentes, pensando en la reaparición de Pastora en la escena, se dedicaban a pronosticar lo que podría ocurrir.
Vaticinaban unos que Gallito se opondría decididamente a que su mujer actuase.
Decían otros que Rafael Gómez no pensaba meterse en nada, como si tal mujer no existiera ni tal debut se efectuase.
Con todo ello las gentes andaban intrigadísimas y el acontecimiento era esperado por el público con verdadera impaciencia, ante la perspectiva de grandes emociones.
Para el «Gallo» todo acabó.
Personas de la intimidad de Rafael Gómez aseguraban que éste dejaría a Pastora Imperio en completa libertad.
Esas mismas personas cuentan haber oído proferir al espada razones como las que siguen:
«Para mí, esa mujer ha terminado; como si no la hubiese conocido. Que haga lo que quiera y vaya donde le plazca. Yo no puedo olvidar que cuando me encontraba ausente de Sevilla, reponiéndome de una enfermedad, y nos carteábamos con frecuencia después de habernos visto pocos días antes, y hasta quedábamos de acuerdo respecto al punto en que hablamos de pasar la Nochebuena, se marchó de mi domicilio sin avisarlo previamente.
Si hubiera habido motivo —cuentan que añadía el Gallo—, si hubiese mediado siquiera alguno de esos disgustos que tan frecuentes son en los matrimonios, su proceder habría tenido cierta disculpa. Por la forma en que lo hizo, no puedo olvidar el hecho. Esa mujer ha concluido para mí.»
Habla la otra parte.
Al decir de parientes y amigos de Pastora Imperio, ella jura y perjura que su resolución estaba suficientemente justificada.
Refieren que ha vacilado mucho, que ha luchado más; pero llegó el momento en que quedó plenamente convencida de que toda reconciliación matrimonial era imposible y decidió volver a sus tareas escénicas.
—¿Por qué vuelve usted a la escena?— han preguntado a Pastora Imperio.
—Ya ve usted —ha dicho ella—. Yo no tengo medios de fortuna. Estoy obligada a mirar por mi familia. Necesito también asegurarme una vejez tranquila.
—¿Cuál va a ser la campaña?
—Tengo firmados ya algunos ventajosísimos contratos. Me propongo realizar una tournée por España, Inglaterra e Italia. Por último, marcharé a América. De América, cuando haya realizado mi propósito, volveré a España y retirándome definitivamente del arte me recluiré en mi rincón de Sevilla.
—¿Cuánto tiempo se propone trabajar?
—Sólo dos años.
—¿Y de repertorio de trajes?
—Tengo un repertorio grande: de más de cien números. En cuanto a trajes, me han confeccionado algunos nuevos. Y en su confección he huido de contemplar bordados y lentejuelas, que están ya muy vistos.
Lo que no dice Pastora.
En todo cuanto dice Pastora Imperio se nota un dejo de amargura.
Pone empeño en ocultarlo; pero no lo consigue.
Conserva el cariño profesado a su esposo, aunque éste, según la gráfica expresión de ella, «se complace en darle achares».
Precisamente por eso ha querido a toda costa debutar en Sevilla; porque cree que así toma venganza mayor del desvío que sufre.
Esperando el acontecimiento
Con los preliminares anotados, la fantasía popular forjó mil leyendas.
Hiciéronse infinitos calendarios.
Afirmábase que los partidarios de Gallito pensaban asistir al Salón Imperial para recibir a la cupletista con una silba que hiciese época.
Estos anuncios han obligado a las autoridades a adoptar precauciones extraordinarias.
Buen golpe de Policía se ha encargado de ejercer vigilancia estrecha en el teatro y en sus inmediaciones.
El aspecto del Salón Imperial era imponente. No cabía una persona más. Las localidades se habían agotado con exceso. Muchas personas quedaron con las ganas de entrar.
Durante los primeros números del programa, el público dio muestras de gran impaciencia.
Cuando llegó su turno a la Bella Imperio, se produjo en el público un gran movimiento de expectación.
Sale Pastora y canta.
Pastora Imperio aparece en escena. Su traje es negro y rosa. Va envuelta en un pañolón de Manila blanco. Destaca sobre el brazo un crespón negro.
El público la saluda con una gran ovación.
A la Imperio se le nota que está hondamente emocionada.
Terminado el consabido paseo a los acordes de un pasodoble, la Imperio deja oír, en aire de seguidilla, el siguiente cantar:
                       Tengo yo una pena, pena,
                       que no se cura con
                       que me está enterrando en vía
                       y me tiene que matar.
Ha dicho la copla con una intensidad de sentimiento tal, mientras las lágrimas asomaban a sus ojos, que el público sin discrepancia ha ahogado las últimas notas con una ovación ruidosa, entusiástica, larga.
Después, con igual éxito grandísimo, ha cantado y bailado Pastora cinco números…
Uno nuevo, titulado la buenaventura, ha tenido que repetirlo entre ovaciones indescriptibles.
Contraste
La Imperio, en la escena, ha puesto gran empeño en aparentar una tranquilidad absoluta. Empeño inútil. No podía ocultar su emoción.
Mientras el público ovacionaba a la artista y hacia consideraciones sobre este drama de familia. Gallito se hallaba en un céntrico café, departiendo con varios amigos.
Hablaban de cosas de toros.
LABIOS.
La Correspondencia de España, 23 de marzo de 1912
        
REAPARICIÓN DE LA IMPERIO
UN "JIPI0" y VARIAS OVACIONES
Sevilla 22 (11,50 noche)
Esta noche ha debutado Pastora Imperio en el Salón Imperial. Durante toda la tarde corrieron rumores de que los partidarios del Gallo se proponían promover un fuerte escándalo; pero, por fortuna, no han sido confirmados.
El Salón, a pesar de haberse subido los precios  extraordinariamente, se hallaba atestado. La Policía  había adoptado algunas precauciones.
En el momento de salir a escena la Imperio sonó una estrepitosa salva de aplausos. Pastora estaba guapísima y lucía un caprichoso traje de crespón negro sobre fondo rosa, envuelta en un pañolón blanco. Al estallar la ovación, se mostró emocionadísima.
Cuando cesaron los aplausos. Pastora, cantó el siguiente cantar, en tono de seguidillas:
                        Tengo yo una pena, pena
                        que no se cura con na,
                        que me está enterrando en vía
                        y me tiene que matar.
En el último verso de la copla  echó a llorar, y entonces el público la ovacionó nuevamente. Cantó después durante mucho rato, sin que los aplausos se interrumpieran ni un momento.
Todo el mundo considera la reaparición escénica de la creadora del garrotín como un éxito enorme y se tiene la seguridad de que, si alguien deseaba intervenir como reventador, le fue imposible realizar sus propósitos por la completa unanimidad del público a favor de la Imperio.
Pastora realizará una «tournée» por Andalucía y después irá a Italia y Londres, donde le han hecho ventajosísimas proposiciones.
Desde Inglaterra irá a América, donde permanecerá algún tiempo, pues se piensa retirar de su profesión al regreso.
El Imparcial, 23 de marzo de 1912.
La de El Liberal del mismo día es prácticamente igual. La Correspondencia Militar titula la suya “La Pastora Imperio. Sus melancolías y tristezas” y resume con precisión los hechos. Una crónica, como recién salida del cuaderno de alguno de aquellos  enfervorizados viajeros románticos del siglo XIX, es la que firma J. Muñoz San Román en El Liberal unos días más tarde.
CRÓNICAS DE SEVILLA
LA IMPERIO EN EL IMPERIAL
Con el día, amanecieron sobre el pórtico del «cine» sevillano unos cartelones anunciando el debut de Pastora Imperio.
La gente formaba corros en la calle de las Sierpes, comentando el extraño acontecimiento, y durante el día, en redacciones de periódicos, cafés, oficinas y Círculos, fue el propósito firme y decidido de la artista flamenca de aparecer nuevamente en las tablas de un escenario, el tema preferido de todas las conversaciones.
No hace al caso apuntar aquí, por respeto al misterio de un hogar de donde han salido trágicamente despedazados dos corazones, las diversas frases de condenación que unos y otros labios referían a los motivos que habían dado lugar al suceso; pero sí hemos de señalar la enorme expectación que entre la gente había producido.
A la mitad del día apareció sobre la ventanilla de la expendición de entradas el anuncio de «No hay billetes», y ello contribuyó de singular manera a que aumentara el interés en el público.
Las conversaciones se aderezaron con noticias estupendas: la empresa del «cine» había reclamado la presencia en el espectáculo de la guardia civil en previsión de terribles acontecimientos...; iba a haber tiros y puñaladas; entre los espectadores se iban a establecer dos bandos, los unos para aplaudir a la salada flamenca, los otros para denostarla; que si la familia de «ella», que si los deudos de «él»... Y así todo el santo día de Dios los sevillanos intrigados, apasionados, confundidos.
Llegó la noche. Junto al Imperial quedó interrumpido el paso por la calle de las Sierpes. Los corros se apretaban y en un verbo se vio el «cine» de bote en bote. Algunos guardias guardaban la puerta.
Dentro se rebullía la gente imposibilitada de encontrar acomodo. Gitanos de la cava trianera, de rostros morenos, cabellos como el azabache y ojos negros melancólicos y profundos; gitanas de la Macarena, gentiles y garbosas, todas llenas de donaire y de gracia, tocadas con el clásico mantón de Manila y con prendidos de claveles rojos como llamas, menos vivas que las que ardían en sus ojos pícaros, y mocitos de la Puerta del Arenal, y Cigarreras de San Bernardo. Habían acudido al Imperial para admirar de nuevo al ídolo de sus predilecciones flamencas.
La tragedia, de un amor, el doloroso infortunio que a tan graves pasos nos lleva, resucitaba a su «bailaora» a la pretérita vida de su arte inimitable, y no había unos ojos de «gachí» que se resignasen a no admirar el milagro.
Todos los números de que se componía el cartel de la noche, se fueron «bisando» entre la impaciencia y el desasosiego del público.
Al fin llegó el supremo y ansiado momento de la aparición de la bella Pastora, y un clamoreo y un inusitado movimiento de expectación corrió por la sala.
Brillaron de nuevo las lámparas del proscenio y la orquesta comenzó a ejecutar un alegre y torero pasodoble.
Se levantó el telón y se hizo en la sala un silencio profundo.
Y entonces apareció ella, la deseada, la querida,  la alabada, gentil como siempre, como tantas veces reina de la flamenquería y del garbo, vestida de rosa y de luto, el talle ceñido con mantón de espuma, blanco y oro, y en la siniestra mano, levantando sobre los negros rizos de la erguida cabeza un sombrero majo, enarbolado como una bandera.
—Bendita sea la gracia que tú sola tienes.
—Olé  los cuerpos serranos de las gitanas de verdá.
—Ole  las mujeres valientes de la raza «cañí».
—Graciosa  gitana, virgen de la Macarena...
Y todo ello entre una salva de aplausos que no tenía término.
Algunas gitanas lloraban, algunos gitanos enloquecían.
Y la Imperio, la singular bailaora, enviaba besos a todos y lloraba también.
Cuando, a duras penas, se impuso el silencio, cantó. Sus labios temblaban y su garganta enronquecía. Los corazones gitanos encontraron en sus doloridas palabras su eco.
«Tengo yo una pena, pena
en las entraña metía,
que muy a poquito a poco
me está quitando la vía…
Mare de la Macarena,
Mare de la pena mía.»
Y la ovación fue frenética, delirante.
Volvió a salir, de grana, tocando una pandereta. Bailo mejor que siempre. Se la tornó a ovacionar, y ella volvió a hacer al público el regalo de sus besos.
Y cinco, diez, cien veces hubo de aparecer entre ensordecedores aplausos, con los ojos como incendios, las manos sobre el corazón, como si hubiera de preservarlo de algún mal, abatida, rendida, loca.
No hubo puñaladas.
Aún resuenan los aplausos y aún palpitan fuertemente de emoción los corazones.
El Liberal, 27 de marzo de 1912.
El Fusil, con su peculiar estilo, pone el broche final.
¡Cómo acaba un idilio!
Hace poco más de un año, España se conmovió hondamente ante una noticia, que resultó sensacional para muchos, aunque para mi resultó una tontería.
Pastora Imperio, la sugestiva coupletista, en un rasgo de exaltación amorosa, se fugó con el Gallito.
La fuga de un torero con una coupletista era asunto más que suficiente para herir hondamente la viva imaginación meridional, y así fue.
Durante muchos días no se habló de otra cosa, y todos los asuntos nacionales, aun aquellos más importantes, quedaron olvidados ante la fuga del torero.
El suceso tuvo el fin prevista de antemano. La Imperio y Gallito puestos de hinojos ante el cura párroco de San Sebastián, dieron ante testigos ese sí sostenido, que en el terreno de la confianza se llama matrimonio.
Y todo quedó terminado por el momento.
No faltó quien hiciera pesimistas vaticinios sobre el porvenir del nuevo matrimonio, porque el oficio de profeta está al alcance de todos los ingenios.
Algunos meses después comenzó a circular la noticia de que entre los protagonistas de aquel idilio habían estallado hondas desavenencias.
Y así era en efecto.
La Imperio, recluida en la cárcel del hogar doméstico, y rodeada de cuantas comodidades puede proporcionar una posición desahogada, se aburría, se veía consumida por el tedio; sentía la nostalgia de los aplausos del público; se ahogaba, en fin, en aquella dorada cárcel, y quería volar.
Hubo una ruptura momentánea; después vino una reconciliación.
Pero entre los esposos ya había germinado la ruptura definitiva y al fin se consiguió.
Las últimas noticias dicen que la Imperio sacudió el yugo matrimonial y se ha lanzado de lleno a la vida del arte.
Hace dos días se presentó ante el público sevillano, resplandeciente de luz y de brillantes, cantando coplas tristes como un catafalco.
Y es lo que dicen los que siempre hallan justificación para estas cosas.
Lo que ha perdido el matrimonio lo ha ganado el arte.
IY váyase lo uno por lo otro!
El Fusil, 30 de marzo de 1912.
El divorcio legal, sin embargo, no llegaría hasta 1934. Lo cuenta el periódico La Libertad.
Pastora y el Gallo se divorcian
Ayer, en el Juzgado número 6 se celebró el juicio previo para entablar el divorcio entre Pastora Imperio y Rafael el Gallo.
Después de este requisito legal se llegará rápidamente a la separación de derecho de ambos artistas.
Ni Pastora ni Rafael cambiaron en el acto una sola palabra durante la escena del Juicio, que se desarrolló rápidamente, conforme a las formalidades de ritual.
La Libertad, 13 de mayo de 1934.

Pastora ha vuelto, pero se divorcia
En la Sala segunda de la Audiencia provincial se verificó ayer la vista del pleito con motivo de  la demanda interpuesta por la genial bailaora María Pastora Rojas. «Pastora Imperio», contra su esposo, el torero cañí Rafael el Gallo.
María Pastora, en su escrito, alegaba que Rafael llevaba separado de ella más de tres años y que la tenía completamente desamparada.
Rafael, en su escrito de contestación, reconoce el tiempo que lleva separado de su esposa; pero niega que ésta haya vivido en el desamparo.
El juez que ha tramitado el divorcio elaboró un informe de acuerdo con las manifestaciones de María Pastora. Y sin declarar a ninguno de los cónyuges culpables, entendió que el divorcio era procedente.
A la vista celebrada ayer sólo acudió la representación de Pastora Imperio, el letrado Sr. Ballesteros, que pronunció un breve informe solicitando la declaración de culpable en el divorcio al esposo.
La Libertad, 21 de octubre de 1934.
Con una fotografía de cada uno y el siguiente texto, se da por finalizada la cuestión. Así lo hacemos nosotros también.

Aquellos lejanos amoríos de la Pastora y el Gallo tuvieron un solo momento de sonoridad y de color. Fueron como una coplilla de José Mairena: exaltación múltiple de todos los ritmos gitanos. Pastora Imperio —nombre formado de una zampoña y una diadema, según frase de Guido da Verona— era todavía moza mimbreña que subyugaba a los públicos con aquel terrible garrotín eléctrico que sacudía todas las fibras del andalucismo neto y rotundo. Rafael Gómez el Gallo aún era un juncal gitano garcilorqueño, cubierto de todas las gracias y de todos los temblores de la superstición, que vestido de oro y al compás de los alamares, movidos por un viento de tragedia, dibujaba ante el toro los más bellos movimientos acordados del arte de torear.
Pastora Imperio —ojos de esmeralda, cabellera obscura con reflejos de una imaginación de artista— tenía unos maravillosos brazos —abanico moreno del que se desprende un aire de zambra— que idealizaban las formas más rebeldes del baile. Rafael el Gallo también poseía unos brazos que cincelaban la verónica y la larga cambiada y el pase afarolado con las arbitrarias y geniales alegrías de la inspiración. Un día —¡el destino de estos dos ídolos de bronce!aquellos cuatro brazos sostenedores del ábside de la armonía gitana se unieron y se estrecharon en un espasmo de amor consagrado con la pompa litúrgica de la ceremonia clásica. Cuajó la coplilla de José Mairena.
Pasó el tiempo. Poco tiempo. Todo el deslumbramiento que nos produjo la boda de los dos artistas extraordinarios se ensombreció de pronto. La Pastora y el Gallo se separaban. ¿Qué había ocurrido? El rumor extraño tendió su red finísima y exaltó las imaginaciones. La Venus gitana y el divino calvo rompieron su unión definitivamente. Sonó la malagueña dramática. Cada uno de ellos se refugió en su arte, en las emociones diversas y distintas de su arte netamente español.
Y ahora, al cabo de un tiempo profundo en misterio y en leyenda popular, la prosa de una sentencia judicial vuelve a situar en primer plano la historia de unos amoríos lejanos y populares. Ya están divorciarlos Pastora y Rafael.
Pastora imperio, la del nombre bucólico y regio; Rafael, el cañí pródigo y desconcertante, recuperan una libertad oficial que da un nuevo carácter a su vida. ¡El sino de los dos ídolos de bronce! Si es para su bien respectivo, enhorabuena, artistas geniales. ¡Viva Egipto y Salomón!
La Libertad, 28 de octubre de 1934.

jueves, 24 de marzo de 2011

Un romance por entregas. Fin de la relación


La incógnita se despeja y Pastora se dispone a volver a los escenarios. Según se desprende de las líneas aparecidas en prensa, será un retorno amargo, anegado en llanto, pero la “vergüenza y dignidad varonil” de Gallito no permiten otra salida.
Pastora se dispone a poner tierra de por medio y el torero, herido en su orgullo de macho ibérico, trata de impedir que su mujer pise de nuevo las tablas.
Escuetamente, el Globo da la noticia de que no hay reconciliación. Luego, la prensa le dedica sus buenas páginas.
Se ha suspendido, a petición de las partes, la causa de divorcio que se seguía entre Gallito y la Pastora Imperio.
Vuelta a los escenarios, de reconciliación parece que nada.
El Globo, 11 de enero de 1912

En Romea, esta gentilísima gitana Pastora Imperio, heroína de una novela que, a no estar vivida, Merimée pudiera componerla y Bizet armonizarla, vuelve a las glorias que dejó por el  matrimonio, y en ellas con palmas y ramos fue recibida, que trae sobre su hermosura un intenso dolor que desgrana en coplas, que es cada una un sollozo.
Comedias y comediantes, 1 de febrero de 1912.

            DIÁLOGOS TRIVIALES
…PROMETEO
Ramón.— ¿Por qué está Manon alegre, con esa alegría de five o´cloc tea?
Avecilla.— Manon siente la alegría del Arte.
Manon.— Porque me voy a ir a Sevilla.
Borrás.— Y nosotros con ella; no se puede ir a Sevilla sin pareja.
Andalucía es triste para el turista solitario.
Avecilla.— Es verdad; Andalucía es trágica como un gañán hambriento con insolación.
Bagaria.— Lo que no se puede es ir a Andalucía sin dinero...
Armenta.— iCatalán!
Bejarano.— Sí, porque si se va sin dinero se corre el riesgo de volver con la pareja...
Avecilla.— No hay mujeres andaluzas más que en las panderetas.
Ramón.— Algún artista magnifico debía reivindicar la pandereta, pintando una Pastora Imperio en ella.
Manon.— La Pastora está triste...
Ramón.— Esa es su copla:
«Tengo yo una pena, pena...»
Bagaría.— Desde luego, no fiarse de las andaluzas, porque hay muchas sevillanas...
Prometeo, 1 de febrero de 1912.

                        Otra vez Pastora y «Gallito»
La Imperio vuelve a las tablas  y quiere impedirlo el «GaIlo». La Imperio se marcha a América con su madre y con su hermano.
Las desavenencias conyugales entre el matador de toros Gallito y la  ex bailarina Pastora Imperio flotan hoy nuevamente en la superficie de la actualidad.
Háblase con mucha   insistencia —y casi no se habla de otra cosa en Sevilla—de que Pastora se dispone a ingresar en la profesión abandonada cuando contrajo matrimonio.
Parece ser un hecho que hace tres días firmó Pastora un contrato con la Empresa del Salón Imperial.
Y que no se limitó a la firma del contrato, sino que tomó una crecida cantidad a título de préstamo.
Se comprometió a debutar en el referido Salón un día, no designado aún, de la última decena del mes de marzo próximo.
He hablado con persona de la intimidad de la Imperio, que me ha referido lo siguiente:
«En los días que siguieron a la separación del matrimonio Pastora no pensó siquiera en volver a actuar como bailarina.
Al cabo, la hicieron pensar en ello los desvíos del Gallo.
Tal vez el primer propósito se redujo a anunciar su reaparición en la escena, sin llevar el anuncio a vías de hecho, y con el solo fin de buscar un determinado efecto en el ánimo de su esposo, es decir, «darle achares», como aquí suele decirse con gráfica expresión.
El anuncio no alcanzó buen éxito. Los desvíos del Gallo siguieron como hasta entonces.
Un acontecimiento reciente ha movido a Pastora a adoptar una resolución terminante.
Murió hace tres días el padre de la Imperio.
Creyó ésta que el triste suceso serviría para aflojar tiranteces.
También se equivocó de medio a medio y Pastora experimentó la más grande de las indignaciones al ver que ni Gallito ni la familia de éste se tomaban la molestia de darle el pésame por la desgracia que acababa de sufrir.
Fue entonces cuando, en un arranque de indignación, hizo voto solemne de volver a la escena.
El primer paso lo dio en seguida mandando confeccionar los nuevos y muy lujosos trajes que se propone lucir en el teatro.
Y ha hecho más: comenzar  los ensayos de cuplés y  bailes con que se propone ensanchar el antiguo repertorio.
Entre los primeros figura el del «Ven y ven» que han hecho popularísimo La Goya y Paquita Escribano.
Llegadas las cosas a este punto, vuelve a entrar en escena el Gallo.
Gallito, pese a todos los desvíos demostrados hasta ahora a su mujer, se ha propuesto no consentirla que pise de nuevo las tablas.
Para saber de qué medios puede valerse ha hecho una visita a su abogado, y refieren los que lo saben bien que la consulta fue larga.
La determinación de Gallito no reza solo con los teatros y salones de espectáculos de Sevilla, sino que se extiende a todos los de España.
En conversaciones con amigos íntimos, el espada ha manifestado que teme mucho la vuelta de Pastora Imperio al teatro.
Muéstrase preocupadísimo desde que supo que la determinación de aquélla es firme.
Ha dicho también el Gallo que esperaba que Pastora le reclamase el pago de alimentos y que estaba dispuesto a acceder sin necesidad de que por la ley se le obligase.
Pero como Pastora Imperio no llegó a presentar la demanda de divorcio que se había anunciado, todo se redujo a la simple separación de personas.
Es creencia general que Pastora Imperio no debutará en Sevilla, y casi otro tanto puede decirse del resto de España.
Pero no se duda de que, en compañía de su madre y su hermano, marchará en breve a América, donde se dedicará de lleno a actuar en el teatro.
Cuenta ya con una proposición ventajosa de la Empresa de un teatro de Buenos Aires.
También cuenta con otras de Lisboa, donde Pastora alcanzó un cartel envidiable en sus buenos tiempos de artista de varietés.
Con lo que no cuenta, según se ve, es con las diligencias que ha de hacer Gallito para impedir la realización de sus planes.
Esperemos el capítulo siguiente de ésta que, más que una página vivida, está resultando una novela por entregas.
LABIOS.
La Correspondencia de España, 2 de febrero de 1912.
Por fin, la historia es contada por los protagonistas en una doble entrevista que firma El duende de la Colegiata. Viene acompañada de dos fotografías, que no incluimos por su escasísima calidad.
                   «EL DUENDE DE LA COLEGIATA» EN SEVILLA
                Hablando con la Imperio y el «Gallo»
¡Durmiendo!— La casa de Pastora.— La Imperio, de luto.— La pasión de Pastora. La Imperio ha retirado la demanda de divorcio.Dice Pastora que el «Gallo» estudia delante del toro.— Los resentimientos de Pastora.— La Imperio volverá a la escena.— ¡Está enamorada!— Viendo al «Gallo».— ¡Hábleme usted de toros.— La dignidad de Rafael.— Una frase del «Gallo».— «Irreconciliables»— La próxima temporada.— La cuadrilla del «Gallo».— Las cabezas de toro del patio.— ¡Trini!— ¿Unidos? ¡Nunca!
¡Cochero! ¡A casa del Gallo!
Y el cochero, con una sonrisa de satisfacción, fustigó al animalito, que pareció también sonreír, Y es que decir en Sevilla el Gallo es pronunciar una palabra mágica, algo así como la Virgen de la Macarena, como la Virgen de los Reyes —que ayer por la tarde se sacó en procesión, como rogativa—, algo así como Maura para Cañals.
Atravesando calles estrechas y encrucijadas morunas llegamos a la calle de Santa Ana, número 3; una casa pintada de azul celeste, modesta.
La cancela estaba entornada; llamé al timbre; entré en el patio, azul celeste también; en las paredes, ni un cuadro, ni un adorno; cinco cabezas de toro, disecadas, y una fotografía de unos toros que mató el hermano menor del Gallo. En medio del patio, plantas.
Una criada vieja salió a nuestro encuentro.
—¿Está Rafael?— le pregunté.
—Está durmiendo; hasta la dose no se levanta...— me dijo.
Y entregándole las tarjetas de Alfonso y mía, prometimos volver.
—¡Cochero!... ¡Vamos a Correduría!...
 Saltando baches y cruzando barro llegamos a Correduría, 43 y 45; una casa moderna, de dos pisos, de ladrillos rojos; en los bajos… una gran taberna dejaba ver su interior a través de sus anchas puertas de cristales.
Subimos unos escalones muy empinados de mármol blanco; en el primer piso llamé con una manecilla de bronce que agarraba una bola; se abrió la puerta, y una mujer, morena y guapa, vestida de negro, me abrió.
—¿Está Pastora?— la pregunté.
—Se está levantando— me dijo.
—¿Tardará mucho?
—No, señor; una media hora.
Dimos nuestras tarjetas y prometimos volver. Eran las doce del día. Fuimos a dos o tres sitios donde pensábamos saludar a algunas personas. ¡Estaban durmiendo!
—¡Las doce y media! ¡Cochero! ¡A casa del Gallo otra vez!
Nueva sonrisa cocheril y nuevo refocilamiento caballar. La casa azul celeste, la cancela abierta, el patio con las cabezas de toro, y nueva criada, menos vieja, que, después de oírnos, grita y llama a alguien; desaparece por una escalera y desde el primer piso una mujer, morena, hermosa, con ojos negros y brillantes, nos dice:
—Rafael se retiró anoche tarde y no se levantará hasta la do…
Dimos las gracias, prometimos volver y fuimos a Correduría.
Escalones empinados; la manecilla de bronce y una criada que nos pasa a una habitación pequeña donde hay una mesa y varias sillas. En las paredes un marco con muchas tarjetas postales de Pastora y un letrero, en el centro, que dice: «La bella Imperio»; en otro cuadro más postales de Pastora; prendido con un alfiler a la cortina del balcón un retrato, de cuerpo entero, de la Imperio, a carbón, con un vestido de fantasía.
Pastora Imperio entra en la habitación, vestida de luto; sus ojos de gata, grandes, de niñas enormes, nos miran con curiosidad.
—¿Qué tal, Pastora? ¿No se acuerda usted de mí? ¿En el Japonés? ¿Cuando usted empezaba?...— la dije.
—Sí, sí… ya recuerdo…
¡Creo que no recordaba!... Bueno, no importa.
—¿Está usted de luto?
—Sí, señor; ha muerto mi padre hace dieciocho días.
—Doy a usted mi pésame.
—Muchas gracias.
Pausa, Pastora nos mira con incertidumbre, Alfonso me mira con curiosidad,
Pues nosotros nos vamos a Madrid esta tarde —la digo.
—¿Ah, sí?... Pues buen viaje me responde la Imperio,
Y yo continúo:
—Y nos dijimos: «Vamos a visitar a Pastora y al Gallo para que nos digan qué hay de verdad en esos rumores que corren».
—No haga usted caso de lo que digan —me dice Pastora—; es que Sevilla es un pueblo.
Aquí todo se habla, todo se dice, y luego, ¡como Rafael y yo somos tan conocidos!...
Y Pastora calló. La hablé en varios tonos de varias cosas, y al fin me dijo precipitadamente, con voz sonora, de un timbre  metálico:
—Verá  usted. Usted me ha conocido en el Japonés; supo que de mí no ha podido decir nadie nunca nada, y que yo traía loco a Madrid y que todos se decían: «Ese es terreno vedado,.. No pierdas tiempo.» Yo he sabido coquetear con todo el mundo, y lo mejor de Madrid estaba loco por mí; ¿Se acuerda usted? Bueno; pues cuando yo me marché con Rafael era porque lo quería, porque fue el primer hombre que a mí me hizo tilín... y me marché con él, ¡ea! Después nos casamos; cuándo Rafael se casó conmigo, algo vería Rafael en mí que le hiciese decidirse a hacerme su esposa. La noche que nos casamos fuimos a Eslava y, al salir, la gente nos apretó y nos metió en el coche sin que nos enterásemos; el vestido, el sombrero, todo me lo rompieron... Cuando llegamos a casa, Rafael me dijo: « ¡Oye, no volvemos al teatro, porque esto es un escándalo y a mí me fastidia!» «Lo que tú quieras» le respondí…  y ¡ea!, desde entonces no he vuelto a saber lo que es una diversión ni salir con él por ahí... Ya ve usted, a Bienvenida le gusta lucir su mujer, llevarla a paseo… ¡A Rafael, no! Y yo, ¡tan a gusto! ¿Lo quería él así? ¡Bueno! Entonces me dijo que íbamos a vivir con su familia y allá fuimos...
Pastora hizo una pausa; tomó aliento y continuó:
—En Santa Ana, número tres, vivía su familia; en el cinco, nosotros; pero una puerta comunicaba las dos casas,.. Yo, al principio, estaba contenta porque como él se pasa algunas temporadas en El Pedroso, yo, en vez de estar sola prefería estar con su familia…; pero ¡no quiera usted saber!... Yo estoy acostumbrada a otra cosa... en fin… ¡una de disgustos!... ¡la mar!... ¡Que no era posible!... Luego Rafael es un hombre raro; no habla; no dice nada; una ve que le pasa algo; que tiene alguna preocupación, y él no dice nada… Y yo me he pasado un año encerrada… allí…
—¿Encerrada? la pregunto.
—Bueno… encerrada, encerrada, no; pero ¡vamos!, que no he ido a ninguna parte. Yo iba algunas veces a El Pedroso a verle a él y con mi mantón como una gitanilla, porque a él no le gustan los sombreros, ni los vestidos, ni esas cosas; ¡a mí tampoco me gustó! allí me tiene ¡usted, encerrada, y pidiéndole a la  Virgen, los días de corrida, que me lo sacara con bien, porque, ¡a ver!, mi pan es el suyo, y usted ya ve, ¡qué vida de zozobra!
—Y usted ¿era feliz con él? —le pregunté.
—Con él, sí; sola con él hubiera sido muy feliz; pero ¡su familia!... luego ¡él es tan extraño!...veía lo que no existió..., una sombra que huye por la noche; una hembra que se escapa de día...en fin!.. Yo no sé si es la neurastenia o qué; pero ¡usted sabe que de mí no ha tenido nadie qua decir nunca nada!, y sus celos, ¡bueno, mire usted!, eso de sus celos son lo mismo que cuando despidió su cuadrilla porque pensaba que echaba unos polvos en los capotes para dejar ciegos a los toros.
—Bueno, Pastora; ¿pero usted le quiere? —la pregunté.
Pastora reflexionó un momento.
—No lo sé… Si hubiéramos vivido solos yo hubiera sido muy feliz con él. Yo no comprendo ese hombre... Un hombre como él, que estudia delante del toro, porque en la plaza hace con el capote lo que quiere; maneja al toro a su gusto; hace lo que quiere de él, en fin, ¡que estudia!,., Y luego, en casa... yo no le comprendo. Por eso, mire usted, cuando supe que mi pobrecito padre estaba malo vine a verle y pedí el depósito en su casa...
—¿En qué fundó usted su demanda de divorcio?
—En incompatibilidad de caracteres —me respondió Pastora débilmente.
No— la dije—; todavía no admiten nuestras leyes ese fundamento, lógico, pero para nosotros aún es ilegal,
—Bueno; la fundé en malos tratos— me contestó Pastora.
—Y, en efecto, ¿la maltrató a usted? —pregunté a la Imperio.
Y Pastora, bajando la cabeza, me respondió:
-¡Sí!...
—Sin embargo—la dije—, he sabido que usted ha retirado la demanda de divorcio.
—Sí, la he retirado.
—¿Por qué?...
—Primero, porque eso de divorcio en España, es una tontería; cuesta dinero, que se lo llevan los curiales, y no se consigue nada práctico... Yo que sé que Rafael no anda muy bien de dinero... esto del divorcio le iba a costar una porción de duros que necesita… y además... Pues mire usted, porque yo sé el estado precario de Rafael y sabía que el Juzgado enviaría a todas las plazas una orden, y ¡figúrese usted… un torero de sesenta corridas son sesenta mil duros, y ¡no! yo no quiero perjudicarle, no quiero hacerle el menor daño, no, señor. Se lo dije a mi padre y mi pobrecito padre me contestó: «Si es tu gusto, hazlo». Luego, ¡mire usted! a mi padre le han precipitado la muerte estos disgustos, y sin embargo, ¡ya ve usted! todos creímos que Rafael entrase por esa puerta, porque ante la muerte todo se olvida, no hay resentimientos, no hay odios que perduren ante una desgracia así, y Rafael no vino. Todos creímos que vendría al entierro, porque han venido muchas personas que ni conocíamos, ¡y Rafael no vino! Mire usted, él llega a venir, todo lo olvidamos, no pasa nada, lo recibimos aquí en palmitas.
—Pero vamos a ver, Pastora —la dije—, usted está enamorada de Rafael, ¿verdad?
—Ya ve usted, ¡cuando yo retiré la demanda de divorcio!... Pero, no; no le perdono que no haya venido cuando murió mi padre... no se lo perdono...
—¿Y si él viniese a verla? —me atreví á preguntar…
No viene; Rafael es hombre que no viene y no vendrá…
Vi, en los ojos grandes de Pastora, asomarse las lágrimas. Se rehízo y continuó:
—Hace pocos días, mientras él gastaba mil pesetas en una juerga con la famosa «Niña de los Peines», yo tuve que empeñar... ¿sabe usted?... ¡Con  la famosa «Niña de los peines»!,..
Y, usted ¿qué piensa hacer?... —la pregunté.
—Pues cuando se me acaben los recursos tendré que trabajar. ¿Qué voy a hacer? ¡Me ofrecen muchísimos contratos! ¡Tengo ya dos para el Salón Imperial, de aquí, y el Trianon Palace, de Madrid, en quinientas pesetas diarias! ¿Qué voy a hacer? ¡Yo tengo una familia! ¡Necesitamos vivir!
—¿Quiere usted algo para Rafael? —dije a Pastora, despidiéndome—. Voy a verle.
—¡Quiá!— me respondió—; no le recibirá a usted, no le dirá a usted nada. ¡Si cuesta más trabajo sacarle las palabras!... ¡Y no piense usted que se deje retratar; no va usted a conseguirlo!
Me despedí de Pastora después de habernos sorprendido Alfonso con el objetivo de su indiscreta máquina, y fuimos a almorzar al hotel para ir a las dos a ver al Gallo.
Ya en la puerta, pregunté a Pastora:
—Bueno, Pastora… ¿se reconciliarán ustedes?...
—No… somos irreconciliables... ¡No puede ser!...
Entonces… ¿irá usted a la escena?
Sí.
En el hotel de Madrid, adonde nos alojábamos por equivocación, pues estuvimos mal servidos, nos encontramos con el simpático Carlos Olmedo, corresponsal fotográfico del HERALDO, que se brindó a acompañarnos a casa del Gallo.
Y allá fuimos. Con nosotros entraron el hermano del Gallo, Fernando, y el popular director de la comparsa «Las viejas ricas».
Olmedo dijo al popular Antoñito el del Lunar que dijese a Rafael que «estábamos allí», y pasamos al despacho, que se había desalojado para evitar que el agua destrozase los muebles,
Y el Gallo se levantó de la cama, y sin arreglar, para que no le esperásemos, con el cuello de la americana subido y una gorrilla inglesa de viaje, vino al despacho a vernos.
El popular torero nos recibió muy afectuoso.
—¿Qué hay? nos dijo—. ¿Qué tal por Madrid?
¿Cómo está el público?...
—Deseando aplaudirle—le contesté.
—Yo quiero mucho al público aquel —me respondió el Gallo.
Rafael Gómez ordenó a su mozo de estoques que trajese una caja de cigarros, y Antoñito el del Lunar trajo una caja de soberbios habanos, que repartió. Yo sentí no fumar para saborearlos.
Con la suavidad natural abordé el asunto de la Imperio; todos los que me oyeron callaron y miraban al Gallo; Rafael, muy serio, me respondió, sombrío:
—No hablemos de eso. ¡Hábleme usted de toros!
Pude convencer al torero de la sinceridad de mis palabras, y, pesando mucho sus frases, con un dejo amargo en el tono do su voz, me fue diciendo:
—Esas son cosas muy íntimas. ¡Qué sé yo! ¡Cada uno sabe lo que se hace en su casa! Sobre todo... Lo primero que un hombre debe ser es... ¡hombre! ¡Y tener vergüenza… y dignidad! ¡Y a la vergüenza y a la dignidad se sacrifica todo cuando se es hombre!
El hermano del Gallo, con la vista fija en él, seguía con atención sus palabras; Antoñito el del lunar dependía de los labios de Rafael; el simpático gaditano de la comparsa de «Las viejas ricas» esperaba con fervor las manifestaciones del Gallo; en las caras del primer oficial del Gobierno civil de Sevilla, Afán de Rivera, de Olmedo y de Alfonso, estaba retratada la expectación.
—Mire usted—continuó diciéndome el Gallo—, a las mujeres les sucede lo que a los toros, que cuando se tuercen una vez, ya no hay quien las arregle...
Un silencio siguió a la frase de Rafael; el torero continuó diciéndome:
—Figúrese usted: yo estaba en El Pedroso, y mi mujer, sin permiso mío, se marchó de casa, y como no había vuelto a los dos días, mi madre me telegrafió: «Ven», y vine... ¿Usted cree que hizo bien Pastora marchándose?
Todos callamos. El Gallo continuó:
—¿Qué queja podía tener de mi? ¡¡Yo no le había puesto la mano encima!
—Sin embargo interrumpí al Gallo—, la Imperio ha presentado la demanda de divorcio fundada en malos tratos.
—En algo tenía que fundarla —me respondió el torero—; yo no le he puesto la mano encima, y además yo conozco muchas mujeres a quienes sus maridos las matan a palizas y hasta las rompen bastones encima de sus costillas, y ellas no salen de la cancela porque les quieren y les respetan y hacen lo que ellos las dicen; pero ¿usted cree que puede una mujer marcharse de su casa, en ausencia de su marido, y no parecer en dos días, así como así?... Además… Hizo el Gallo una pausa y continuó con amargura:
—Además, cuando una mujer se tuerce una vez no hay quien la arregle, y yo, ¿sabe usted?, yo tengo vergüenza y dignidad antes que todo, y... ¡que no puede ser!...
Pausa. Todos callamos. Yo pregunté al Gallo de improviso:
—Sin embargo, ella dice que los celos de usted son como su idea de que la cuadrilla echaba polvos en los capotes para estropear los toros…
Hubo un momento de estupor. Todos dependían de la cara del torero. Vi palidecer Alfonso.
El Gallo, muy digno, muy caballero, con un aplomo de sinceridad que destilaba amargura, me respondió:
—Mire usted, esas son intimidades; cosas muy íntimas y muy dolorosas. ¡A lo mejor tiene uno figuraciones que...! ¡En fin... vamos a hablar de otra cosa!
Otro silencio, y yo decidí hablar de toros para desvirtuar el efecto del recuerdo triste:
—¿Tiene usted ya muchas corridas para la próxima temporada?—le pregunté.
La cara del Gallo se animó; sonriendo, vi estremecerse todos sus músculos, como quien despierta bruscamente de una pesadilla horrible:
—Sí, señor; una, en Alicante; cuatro, en Pamplona; siete, en Valencia; siete, en Sevilla; nueve, en Madrid; dos, en Jerez; tres, en Barcelona; dos, en Cartagena; dos, en Cáceres; dos, en Córdoba; dos, en Almería, y tres, en Granada me respondió el Gallo, radiante de alegría.
—¿Y su cuadrilla?— le pregunté.
—Pues mire usted. Se lo voy a decir. Los picadores son… ¡Bueno!,.. Antonio Chaves, ¡el pobre!, que no sabe aún si ha muerto o no.
—Creo que sí —le dije—. He hablado con Borbolla y me ha dicho que no parece, y todos esos rumores que hay sobre su desaparición carecen de fundamento.
—¡Pobre! Pues el Inglés chico y Felipe Salsoso. Banderilleros, Fernando Gómez, mi hermano; Blanquet, Manuel Álvarez, Posturas, y Emilio Rajel, Niño de la Audiencia.
—Diga usted, Gallito —le pregunté, saliendo al patio—: ¿esas cabezas de toro?
Y poniéndome familiarmente una mano en el hombro. Gallito me explicó, señalándome las cabezas disecadas!
—Este lo mató mi hermano José en Valencia; el toro tenía tres años; mi hermaniyo, catorce. Esto, tan feo, es un toro navarro, de Carriquirri, que maté en Barcelona y en el que estuve muy bien; es el toro más bravo que yo he toreado. Este es un Miura que maté en Madrid en una corrida que toreé con Manolete y Pazos. Pazos fue cogido en una mano y yo maté cuatro toros, y en el que estuve muy bien. Este es el segundo que salió a la plaza de Madrid después del asunto de los Miuras, y en el que yo quedé superiormente, y este es uno de la Viuda, que maté en Écija con el Machaco, y en el que el Guerra me tocó las palmas.
Antoñito el del Lunar sacó un Jerez riquísimo, que nos sirvió en «chatos» castizos, y Fernando me enseñó unos libros donde Trini, la hermana del Gallo, ha reunido todos los programas y reseñas de las corridas donde Rafael ha toreado.
Una niña de cinco o seis años entró sonriendo; tenía unos ojos negros, grandes y encantadores; se refugió entre las piernas del Gallo, que la besó.
—¡Qué monísima! —exclamé atrayendo la nena—. ¿De quién es?
—De mi hermano Fernando —me respondió Rafael.
Y besando a la angelical criatura que colocó entre las mías sus manecitas, como flores, la pregunté:
—¿Cómo te llamas?
Y la niña me respondió con su vocecilla infantil:
— ¡Trini!...
Fernando Gómez me condujo a una habitación para enseñarme un retrato de su padre, de aquel gran torero que toda España adoró; vi en las habitaciones, modestas, los muebles hacinados por temor del agua inundadora, y volvimos al patio, que iluminaba una dulce luz cenital.
Gallito, muy simpático, con una afabilidad encantadora, me cogió de un brazo y me llevó a un rincón.
—¡Usted es un hombre! —me dijo con convicción—, y sabe lo que son estas cosas. Yo tengo mucha vergüenza y mucha dignidad, y yo no puedo olvidar… ¡lo que no puedo olvidar!
—Diga usted, Rafael —le pregunté-. Y si Pastora trabaja... ¿qué va usted a hacer?
Gallito me miró sorprendido.
—¿Cómo que qué voy a hacer? Pues ¡nada! ¡Que trabaje todo lo que quiera! ¡Me tiene sin cuidado! ¡Mire usted, para mí, esa mujer ha muerto! ¡Como si no existiera! Ella y yo somos ya dos extraños. Si en España hubiera divorcio, estaríamos divorciados y ella se casaría con uno que la hiciera feliz y yo… ¡Quién sabe!... ¡quizá, también! Yo he hecho como si me hubiese divorciado ya con ella... La vería por la calle con otro y me tendría sin cuidado. Para mí ¡ha muerto completamente! ¿No comprende usted que yo soy un hombre de vergüenza y de dignidad, y ante todo un hombre debe ser… ¡hombre!?...
—De modo —le dije— ¿que no se unirá usted a Pastora?
—No, señor; es decir, yo no sé si cambiaré de idea; yo no sé si variaré; los hombres podemos variar, rectificarnos a nosotros mismos; si no cambio de idea, si sigo pensando como hoy, esa mujer y yo hemos acabado para siempre; hace falta mucha fuerza de voluntad para hacer esto... Al principio, el corazón, los sentimientos, la gente, las familias, los amigos, todos; pero ¡créame usted yo sé lo que hago; tengo mis motivos; son cosas íntimas...de uno, ¡Qué quiere usted, yo tengo vergüenza, y eso es antes que todo!...
El Gallo, muy emocionado, me abrazó y me dijo, muy bajo, al oído, con la voz velada, con mucha amargura:
—Usted me comprende; usted es hombre, y sabe lo que son estas cosas... ¡lo que no puede ser,.., pues no puede ser!... ¡Y no será!...
Nos despedimos, Gallito, con esa simpatía personal que irradia y le ha hecho ídolo de todos los públicos, supo subyugarnos a todos; al separarnos, un momento emocional cruzó nuestras almas; aquel hombre sufría y luchaba,
manteniendo sus fueros de hombre con la noble dignidad del caballero.
Salieron todos a la puerta; el cochero que nos condujo miraba al Gallo con arrobamiento místico; algunas personas que cruzaban la calle detuvieron su paso para mirar al ídolo.
Y cuando el coche se alejó, el Gallo nos saludaba con el brazo extendido, y Trini, con sus ojazos negros, nos veía marchar y nos enviaba un beso con su manecita encantadora.
Y por mi cerebro cruzó el recuerdo de Pastora, vestida de luto, con sus ojos grandes, de gata, verdes, grises, luminosos...
El duende de la Colegiata
Heraldo de Madrid, 12 de febrero de 1912.
Quedan para la última entrega los detalles del esperado debut de Pastora y sus primeras actuaciones.
(continuará)