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sábado, 1 de octubre de 2011

La farruca. A modo de epílogo

Epílogo

Después de aquel inolvidable 22 de julio de 1919 en que se estrenó El Tricornio de Manuel de Falla en el Teatro Alhambra de Londres, la farruca siguió evolucionando y enriqueciéndose. Vicente Escudero se inventó una “farruca geométrica” en París. Custodia Romero obtuvo sonados éxitos con la “farruca gitana” que compusieron para ella el maestro Boronat y Montoya. La Joselito triunfó con ella en pleno corazón del Montmartre parisino. Antonio Gades le hizo todo un monumento. Y muy recientemente Israel Galván rompió todos los moldes con la “Falsa farruca” que montó para que Rubén Olmo la hiciese en su Tranquilo alboroto. Pero todo esto escapa de los límites que nos fijamos al iniciar este trabajo.

Nos despedimos con esta última farruca.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Una farruca trágica

Antes de que se alzara el telón del Teatro Alhambra para la representación de El tricornio de Manuel de Falla, Félix Fernández el Loco interpretaba la farruca del molinero que él había soñado, en la iglesia de San Martin-in-the-Fields. Fue un acto de rebeldía y un desahogo necesario. En esa farruca el bailaor sevillano se vació de todo el coraje y la frustración que le causó el no verse anunciado en los carteles de El tricornio la noche del estreno. Y es que cuando comprobó con sus propios ojos que él no iba a bailar ese número tantas veces soñado por él, abandonó el teatro enloquecido y se plantó ante el altar de esa iglesia. Y bailó y bailó hasta que, casi exhausto, la policía consiguió llevárselo de allí. Esa noche terminó de hacer realidad el nombre con el que era conocido artísticamente.  Félix Fernández pasó los últimos veinte años de su vida recluido en el asilo Long Grove de Epsom. Murió en 1941.
De no haber sido por su encuentro con Diaghilev no sabemos si hoy recordaríamos el nombre de Félix Fernández García[1], un artista nacido en Sevilla en 1896 a quien sus contemporáneos llamaban El Loco. Félix había sido alumno de José Molina y actuaba en los cafés cantantes que seguían abiertos a finales de los diez. Era un bailaor misterioso, imaginativo y exaltado, que se ensimismaba en su baile y se olvidaba de todo, entregándose a verdaderos delirios de flamencura. Ángel Álvarez Caballero, creo que con toda justeza, le llamó iluminado místico[2]. Una noche le vieron bailar Diaghilev y Massine y quedaron subyugados. Aquella noche cambió el rumbo de su vida. Desde ese día Félix el Loco entró a formar parte, como maestro de bailes flamencos[3], de los Ballets del empresario ruso. Él enseñó a Massine a sentir el baile que debía transmitir las esencias de los amores y amoríos andaluces.
De su estancia en Londres y de sus relaciones con los miembros de la compañía rusa se cuentan muchas anécdotas. Todas reflejan su peculiar carácter y la jondura y entrega absoluta a la hora de interpretar un baile. Tamara Karsavina, la bailarina que encarnó el papel de la molinera en el estreno de El tricornio, recordaba que[4]
Diaghilev, con el fin de inspirarme en la composición de mi nuevo papel, me pidió que fuera a verlo bailar en el Savoy, de Londres. Era muy tarde cuando, después de cenar, bajamos al salón donde Félix se puso a bailar. Le observaba con admiración y estupefacción, boquiabierta, meditando sobre aquella aparente reserva detrás de la cual presentía el instinto impetuoso de un semisalvaje. Sin hacerse rogar, Félix ejecutó baile tras baile y cantó los cantos guturales y nostálgicos de su país acompañándose a la guitarra. Me sentía entusiasmada: olvidé que nos hallábamos en la sala del gran hotel hasta que los camareros, en voz baja, nos hicieron notar que era demasiado tarde y que el espectáculo debía terminar. También se dirigieron los empleados a  Félix, pero éste no les hizo caso: su espíritu volaba muy lejos. Con las luces apagadas siguió como un poseso...


[1]. Véase Historia del baile flamenco, Vol. 2, Signatura, Sevilla, págs. 44, 45-47.
[2]. Marc-Alfred Pellerin. 1993. Félix el Loco. París: XXI Congreso de Arte Flamenco, pág. 6.
[3]. En el contrato que firma con Diaghilev en Barcelona, en agosto de 1918, se dice, en la cláusula undécima: Con independencia de todas las obligaciones que por este contrato pesan sobre el Sr. Fernández, toma este muy especialmente sobre sí la de enseñar el baile y danzas españolas a los otros artistas de la Compañía, bien porque hayan de representarse obras de asunto español o porque la Dirección lo juzgue así oportuno en cualquier espectáculo.
[4]. Texto citado por J. Blas Vega y M. Ríos Ruiz en su Diccionario Enciclopédico Ilustrado del Flamenco, Cinterco, Madrid, 1988.

lunes, 19 de septiembre de 2011

La farruca orquestral

El 22 de julio de 1919 se estrena en el Teatro Alhambra de Londres El sombrero de tres picos de Manuel de Falla. La farruca, vibrante, majestuosa, era la base de la Danza del molinero, uno de los pasajes cumbre de la composición del músico gaditano. Esa noche, se engrandecía musicalmente y subía un nuevo peldaño en su ascensión en el panorama cultural de la época. Era, además y al mismo tiempo, su consagración definitiva en mundo de la música sinfónica[1].
La partitura de Falla, inspirada en la novela homónima de  Pedro Antonio de Alarcón, fue llevada a las tablas por los Ballets Rusos de Sergi Diaghilev. Ernest Ansermet dirigió la orquesta. Pablo Picasso preparó decorados y figurines. Leónid Massine bailó, hizo la coreografía y llevó la dirección escénica y Tamara Karvasina (Molinera), León Woizikowski (Corregidor) y Stanislas Idzikowski (Molinero) encarnaron a los principales personajes.
El éxito fue rotundo y clamoroso. La prensa madrileña se hizo eco de lo que dijo la crítica londinense. La Correspondencia de España (24 de julio de 1919) lo resumía así:
El éxito ha adquirido caracteres extraordinarios, no sólo por el entusiasmo que ha despertado entre los espectadores, sino también por el elogio caluroso que los críticos más ilustres dedican a la labor del compositor español.
[…]He aquí en síntesis lo que dicen de «El sombrero de tres picos» los críticos más autorizados de Londres:
El «Daily Chronicle» dice que es el deslumbramiento de ritmos brillantes tanto en el escenario como en la orquesta.
El colorido local empleado por Falla es admirable y la gráfica fraseología musical de la obra demuestra que el autor tiene un admirable sentido de lo dramático; hay momentos en la partitura que son tan excelentes como lo mejor que hemos conocido del repertorio de los bailes rusos.
El «Daily Telegraph» dice que se trata de una obra deliciosa.
El «Daily Mail» dice que la obra es ligera, clara, exquisita y de un intenso sentido nacional.
El «Daily Express» dice que Falla se revela como un maestro en el arte de la música de «ballet».
El «Daily News» lamenta que no se conozcan más obras de este compositor.
El «Manchester Guardian» le califica del más clásico de los modernos compositores.
Unos días después, Salvador de Madariaga daba su crónica de la obra en la primera página de El Sol (30 de julio de 1919). Decía así:
Alarcón, Martínez Sierra, Falla, Picasso, Massine. Escala de sensibilidades que ha dado actualidad y universalidad a la novela andaluza, transformándola en un baile ruso, muy siglo XX, muy de moda y muy universal. El éxito ha sido clamoroso,  el público se cansó de aplaudir y aclamar a los autores de esta europeización de nuestra ineuropeizable Andalucía. El Sr. Falla tuvo la mala suerte de tener que regresar a España a toda prisa, por razones urgentes de familia, y cuando sus compañeros de creación gozaban de su bien ganada gloria, hacía horas escasas que nuestro compositor había salido de Londres, privando al público de oír sus Nocturnos, y a la colonia española de hacerle el homenaje que tan merecido tenía.
El Sr. Martínez Sierra ha reducido la intriga de Alarcón a una red de eventos tan lacia y ligera, que Massine ha podido bordar sobre ella con toda libertad sus complicados y arabescos coreográficos, sin temor a que la comedia le Enzarzase los pies. Una escena de jarana en el molino; la aparición del señor corregidor, acompañando a su legítima esposa (en silla de manos); el coup de foudre del corregidor a la vista de la molinera; los alguaciles, que llegan a aprender al molinero, para facilitar los proyectos amatorios de la autoridad; nueva aparición del corregidor a caza de la molinera; retirada estratégica de la molinera hacia el puente; forcejeo y caída al río de su señoría ; salvamento del náufrago por la molinera, y llegada del molinero en el momento en que el corregidor se refugia en la alcoba, sin temor a que se le caiga encima el techo pintado por Picasso con olímpico desdén de la ley de la gravedad; troque de ropa entre el molinero y el corregidor; nueva llegada de los alguaciles que prenden al corregidor tomándolo por el molinero; y danza final con manteamiento del corregidor o su pelele.
Sobre este cañamazo han bordado sus colores, Picasso; sus movimientos, Massine; y sus armonías, Falla. La impresión de conjunto no es fiel trasposición de la que se desprende de la novela, sino mucho más agudizada, quizás por las exigencias de la técnica de este arte. La alegría llega a excitación; y lo cómico tiende a la caricatura. Picasso es, quizá, de todos los colaboradores el que más ha acentuado esta tendencia. Su escenario está tratado en un estilo más que sencillo, voluntariamente pueril. El motivo principal de la escena es un inmenso arco que parece prolongado ex profeso para dejar ver un trozo de cielo azul-tinta, ornado con cuatro caricaturas de estrellas cómicamente agrupadas. En el fondo, una caricatura de villorrio o villa, en líneas oscuras sobre fondo casi blanco. El puente sobre el río está “echao p’atrás”, y no se ve agua alguna, aunque se supone la hay, pues el corregidor aparece todo mojado después de su chapuzamiento. El tono general es un amarillo casi blanco, que hace excelente fondo a los trajes. Estos tajes son una maravilla de movimiento. Los aguaciles, sobre todo, negra, acuchillada de azul la casaca, y negro, acuchillado de amarillo el chaleco, parecen fluidos e inasibles como espíritus infernales. Cada traje en sí, y por virtud de sus propias líneas y colores, posee tanta movilidad que los bailes de conjunto son verdaderos torbellinos. Picasso ha conseguido la síntesis del baile con la pintura.
De la deliciosa música de Falla se encargará en el suplemento musical de EL SOL pluma más experta que la mía. Mi impresión de profano es que el compositor se ha dado perfecta cuenta de lo ligero, y aún de lo liviano, de la obra. Y, por lo tanto, ha dado rienda suelta a la imaginación—que posee envidiablemente rica—utilizando sus recursos técnicos más para divertí que para construir. La entrada de los corchetes está anunciada por el primer compás de la quinta sinfonía, caricaturizando en falsete. “Esto—me dice Picasso—es, según Falla, el símbolo de la fatalidad.” En este delicioso humor está trazada la partitura. Los numerosos y varios motivos populares que se entrelazan en su texto, pierden algo de su vigorosa  primitiva fuerza para retorcerse en contorsiones de marioneta. La soberbia explosión de un motivo de jota, que constituye el final, llega casi como una sorpresa en este ambiente de caricatura.
La interpretación de Massine y la Karsavina, acentúa esta impresión. Los movimientos, de una rudeza casi animal, que dan su vigoroso ritmo a las danzas españolas, aparecen angularizados, caricaturizados. Lo espontáneo, lo inútil, lo generoso y natural del baile andaluz, que es porque sí, y se da porque sí, ha desaparecido. En su lugar, gestos con un sentido, con un propósito, con una idea que presupone observación  cultura.
Es una mezcla inesperada, un chaud-foid, uno de esos manjares complicados de que gusta la civilización decadente. Esta es la impresión dominante, y pese a la exquisita perfección del conjunto, había momentos en que hería el oído y los ojos la lucha secreta entre las dos inspiraciones ma avenidas de la obra: la de Europa que busca sangre nueva para su decrepitud artística, y la de España, inconsciente creadora, que no se quiere dejar europeizar.
Salvador de Madariaga
Londres, julio 1919.
Después, esa farruca la bailarían, entre otros, Vicente Escudero (en 1926, en la Sala Bullier, en un beneficio organizado para los soldados españoles que luchaban en África), Encarnación López La Argentinita (Véanse La Época, 9 de marzo de 1932, Popular Film, 10 de marzo de 1932, y Heraldo de Madrid, 2 de diciembre de 1932), y Antonio Ruiz Soler (bailó en Milán en 1952 la coreografía de Massine, lo grabó para TVE en 1972[2] y lo montó para el Ballet nacional en 1981).



[1]. Dos años antes, el 7 de abril de 1917, la compañía de Gregorio Martínez Sierra había estrenado en el Teatro Eslava de Madrid con el título de El corregidor y la molinera una versión anterior. El libreto y la dirección escénica había sido de Martínez Sierra, los decorados de Rafael Penagos y Joaquín Turina había dirigido la Orquesta Sinfónica de Madrid.
[2]. Guión y dirección: Valerio Lazarov. Intérpretes principales: Lola Ávila (molinera), Carlos Calvo (corregidor). Coreografía: Antonio. Orquesta Grauke de la Ópera Cómica de Viena, dirigida por Eugenio M. Marco.

domingo, 3 de julio de 2011

La farruca en los claustros conventuales


Terminamos este recorrido por los avatares de la joven farruca con un episodio verdaderamente curioso: las fiestas que se organizaban en un convento de Alcaudete con --como debe ser-- farrucas incluidas. Así lo contó un gacetillero de El Motín, el 20 de abril de 1911.
Con motivo de las denuncias hechas por el vecindario de Alcaudete sobre las inmoralidades que de algún tiempo acá se vienen registrando en el convento de Jesús y María, el deán de Jaén, don Saturnino de la Nieta fue a instruir un expediente canónico.
Seguidamente se constituyó en el convento, tomando declaración a las monjas e incautándose de una carta dirigida por la religiosa Carlota Carrasco, de veinticuatro años de edad, que se hallaba refugiada en un cortijo inmediato, al padre capellán Arturo Romero y Montilla, organizador e inspirador de todas las “juergas” celebradas en el convento.
Se comprobó que hacía un mes próximamente, el reverendo entró después de las diez de la noche en la casa religiosa acompañado de un cantaor y un tocaor de tablao, celebróse una fiesta íntima, a la que asistió toda la comunidad. En ella se consumió gran cantidad de manzanilla y se bailó todo el repertorio de garrotín, tango, farruca, etcétera, etc.
El suceso fue comprobado por las manifestaciones de los artistas que tomaron parte, y que se hallan dispuestos a declarar ante el mismo Juzgado, si este se decidiera a intervenir.
Algunas familias de religiosas han impetrado cerca del deán el traslado de esas monjas a otros conventos, en vista de esos escándalos, ya conocidos en toda la comarca.
Procuraré adquirir detalles del suceso; que es curioso de veras.

jueves, 30 de junio de 2011

Y también tuvieron que bailarla

Y por el vestuario que lucen en sus fotografías, casi puede asegurarse que también bailaron la farruca Carmen de Granada, Palmira López, Avelina García, La Santiaguito, Estrella Argentina, Villalbita, Cándida Cortés, Trinidad Herrero, Gloria la Cordobesita y La Valerito.

 

domingo, 26 de junio de 2011

También bailaron la farruca...


Otras bailarinas y bailaoras de las que existe constancia de que se marcaron sus buenas farrucas cuando este baile se puso de moda en los primeros años de la década de los diez del pasado siglo fueron La Juaneca, Josefa Arias, Eloísa Carbonell, Carmelita Sevilla, La Dianita, las parejas de baile Miralles-García y Lola Bravo y Trujillo, Los Zahorí, Los Hermanos Ruiz, Carmen la Tarifeña, Los Sevillanitos, Flor de Sevilla, Pilar Jiménez la Reina de las Feas, las Hermanas Soler, Preciosilla, Ninón, Estrella Gaditana, Las Mascottas, Chisperita, Angelita Mignón, La Farruca, La Miralles, Matilde Figueroa, Olgarina, la pareja Emilia y Joaquina, Lolita Peiró, María Esparza, La Farruquita, Luisa de Vigné, La Campeoni, Dorita, Trini la Marquesita, las Cachaveritas que no solo la bailaban sino que se anunciaban nada más y nada menos que como “creadoras de la farruca, garrotín y bailes flamencos” (Eco artístico, 5 de noviembre de 1911), la pareja Emilia Práxedes y Nieves Rebollo que anunciaban una “Farruca mora”(Eco artístico, 5 de febrero de 1912), Carmen Díaz y Enrique Sánchez, La Joselito, Lolita Astolfi… Estas son algunas de ellas: